Esta pega no deja de sorprenderme, es tan aburrida o interesante como uno quiera.
Cuando me ofrecieron venir a trabajar en un bar, mi primera respuesta fue no, pero luego de pensarlo un rato me pareció una idea al menos interesante y sin duda me ayudaría al menos a pagar la universidad y conocer gente.
Al principio estaba motivado porque la paga es buena, pero luego me desilusioné al enfocarme en aquellos desubicados que se pasan de copas. Solo después de un mes de trabajar en esto me di cuenta que la riqueza está en la gente que viene.
Solo cuando aprendí el juego de tratar de leer lo que pasaba por las mentes de aquellos que nos visitaban noche tras noche que esto se puso realmente interesante.
Están los que buscan con quien quedarse esa noche, están los aquellos grupos llenos de bullicio y están también las primeras citas. Estas no dejan de cautivarme, pues es posible presenciar una danza en la que ambos se acercan y alejan a medida que interpretan mejor o peor señales que ninguno de los dos entiende realmente.
Pero los que más me llaman la atención son los casos anómalos, esos difíciles de leer. Un ejemplo de este grupo es el artista que viene en búsqueda de un espacio lleno de energía para así poder abstraerse y vagar libremente por sus pensamientos. También están los casos tristes, esos cuando la cita es únicamente para que uno termine la relación públicamente sabiendo que el otro no hará nada.
Pero mi grupo que favorito, es de aquellos que traen historias incompletas, como cuando alguno de ellos llega lleno de entusiasmo, alegría y expectación y todas esas emociones empiezan gradualmente a desaparecer cuando el otro no llega. Algunos se enfurecen, otros buscan un consuelo en la mesa de al lado, pero hay otros que se sumen en una depresión que es muy difícil de no empatizar.
Las emociones son tan fuertes, tan evidentes que a veces generan un pudor tan grande que incluso se puede transformar en vergüenza ajena.
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