Esa noche era tan tranquila que había decidido irme a casa temprano, peo afortunadamente una joven me paró para llevarla a un edificio de departamentos del centro.
Manejar de noche es sin duda peligroso, pero también tiene su encanto. La gente no anda tan apurada, las calles están más despejadas, y las luces de la ciudad crean un ambiente casi mágico.
Esta chica no dejaba de llamarme la atención, era absolutamente inconsciente del espacio que ocupaba ni del impacto que dejaba cuando pasaba. Prueba de ello es que nunca se percató al par de chicos que quedaron embobados mirándola a ella y por supuesto a su minifalda.
Cuando se subió al auto lo primero que hizo fue tirar sus cosas en los asientos y luego mirar su teléfono hablando con ella misma.
Al parecer estaba muy motivada, porque irradiaba alegría y entusiasmo, y no dejaba de decir expresiones como: ¡finalmente! ¡qué bueno que se atrevió! ¡espero que le vaya super bien!
Luego de un rato su silencio me llamó la atención pero me di cuenta que era solo que estaba mirando su celular. Los chicos de hoy no despegan la cabeza de esos aparatos.
Al rato la cosa se puso incómoda. Ella empezó a hablar como si argumentara con ella misma, y a la vez como que cambiaba de opinión a cada rato.
En un momento me pidió de tenerme para devolvernos, pero luego se arrepintió y seguimos, pero ella ya estaba entre alterada y nerviosa.
Cuando llegamos me llamó la atención que se bajara muy rápido dejando casi la mitad de sus cosas en el auto. Yo me quedé un rato pensativo reflexionando acerca de como una joven era capaz de cambiar de estado anímico tan rápido y exponer tan libremente sus emociones, eso es algo que en mi época nunca habríamos hecho.
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